–…el otro remaba- dijo muy motivado en su plática, a la vez que tomaba unos maníes del recipiente sobre la mesa y los metía en su boca para mascarlo mientras seguía hablando. –Y en un descuido el ciego mueve el remo mal y ¡paff¡ ¡le pega justo en el ojo que le iba quedando al tuerto! – Miraba yo a la mujer del vestido verde sentada en la barra junto al galán de película. Su escote cada vez me gustaba más – Entonces el tuerto le dice al ciego “¡Hasta aquí nomas llegamos compadre! – Dijo aquello llamando mi atención con un ligero golpe de su codo – Y el ciego se bajo del bote – Intente reírme, lo juro, pero nada me parecía gracioso. Además, ese escote se veía sensual caminando hacia el tocador.
…
–Hermosa espalda – Me dijo cuando devolví mi entera atención hacia el
– ¿La conoces?– Le dije atendiéndolo cada vez con más interés
– Solo de vista. Pero he hablado un par de veces con su dueña–
– ¿Y por qué tu si y yo no? –
– Cosas del destino– Me miro divertido – Pero no pienso presentártela – y yo lo mire entre sorprendido y aireado – EL solo hecho que muestres mediante mi introducción tu deseo hacia ella le causara una necesidad de alejarse de ti – Calmo un poco mi rabia, pero aumento mi sorpresa – Además, por su escote, le gusta que la aborden muy caballerosamente, y que jueguen a una seducción lenta, cosa de que el clímax sea paulatino pero grandioso –
– Dijiste que solo habías hablado con ella –
– No, dije que había hablado con ella un par de veces – Vio mi mirada y se rio – Pero no te preocupes, no paso nada. De hecho, podría considerarse que un tiempo fuimos amigos –
– Oye y… considerando eso, ¿Qué cosa podría hablarle? –
– No se– La rabia y la sorpresa volvieron – Te recomiendo la espontaneidad – Nuevamente calmado y normal – Así te ganaras un par de puntos– En ese momento sonó su teléfono sobre la mesa. –Mira, mientras yo hablo, tu te paras, vas y la saludas. Y luego de un rato le haces notar que vienes conmigo, así ella me reconocerá y nos sentaremos los tres y te ayudare un poco con ella, ¿ok? –
– Ok, ok –El tomo el celular y lo puso en su oreja.
Me levante de mi asiento intentando verme lo mas “espontaneo” posible. Sentía que cada parte de mi cuerpo crujía y se movía torpemente, y me esforzaba por hacer lo mejor posible para anular cualquier torpeza. Sentía mi corazón saltar por debajo de la cajetilla que yacía en el bolsillo de mi camiseta. Tome curso hacia ella. El galán había desaparecido tras su vuelta del lavabo y ahora conversaba con el cantinero. Su escote se mecía junto a su cuerpo, y podía ya casi imaginar la suavidad de su piel, y como esta seria palpable por sobre la tela de esa. Eso me hizo abstraerme un poco de la realidad y relajarme. Cuando llegue a la barra, todo me fue tan natural como lo es para un tigre asechar a su presa.
– Dos Martinis porfa– Le dije al barman, interrumpiendo un cuchicheo entre él y la mujer que ahora se presentaba a mi izquierda. Sentí su mirada y la busque y ¡oh! allí se me enfrentaron unos hermosos ojos pardos, de una intensidad increíble y una sensualidad casi desbordante, tanto así que termine olvidando el escote. Después de un microsegundo de descontrol, tome las riendas y analice mas hala de su hermosa. Sus ojos denotaban o sorpresa o extrañeza. – Si te parece que es mucho para mí, compartimos. Claro, si tú quieres– Una sonrisa natural nació de sus labios
– No gracias, prefiero algo más dulce– Me dijo mientras acercaba hacia si su vaso de piña colada. – Aun así, no considero que sea mucho, sino que me extraña el hecho que, viniendo acompañando, hallas venido hasta la barra a buscar tu trago, siendo que lo más bien podrías haberlo pedido desde tu mesa – Y con eso declaraba mi primera estrategia fallida, y comenzaba a funcionar la estrategia de mi amigo. Sagacidad pedí en aquel entonces, y la sentí venir como los mismos jinetes apocalípticos.
– De hecho, estoy arrancando – Le dije, y en parte era verdad – Vine con un amigo, pero ahora está ocupado atendiendo asuntos en su teléfono, y eso termino con nuestra conversación… así que, camine lentamente hasta aquí para darle tiempo hasta que cuelgue – Dije, pero debía acotar la verdad para no farsear tanto – Además, se nos había acabado el tema y comenzó a contar chistes, y desde que empezó con eso no me rio – Ella rio, pero muy disimulada y recatadamente. Me pareció aquella demostración de autocontrol algo sublime y realizado casi con maestría sinfónica. Yo también me uní con una sonrisa – Así que, en honor a eso, dime uno tu – Su risa se fue paulatinamente, pero la sonrisa quedo plasmada en su terso rostro.
– Pero no se me ninguno. Además, a diferencia de tu amigo, yo he admitido que no tengo gracia para esas cosas –
– Mira, yo te cuento uno, y mientras tú piensas alguno y luego me lo dices, ¿ok? –
– Mmm… cuéntalo y veremos luego que pasa –
– Ehm, veamos… ¿En qué se parece una olla a un poste de alumbrado?-
– En que se parece… – Dijo susurrándose – a un… ehm… ni idea… no se… me rindo…–
– En que con ninguno de los dos se puede hacer papas fritas – Primero me miro sorprendía, luego intento controlar su risa pero en vano. Hace algún tiempo aprendí que un chiste sin gracia es capaz de causar risa siempre, a diferencia de uno que realmente sea gracioso, que necesita de cierta habilidad en quien lo cuenta para causar risa. Entre risas me declaro lo poco gracioso que le parecía, mientras yo le preguntaba entonces por su risa, y ella me respondía riendo.
–Bien, - le dije cuando se hubo calmado – Ahora es tu… -Primero recuerdo el brillo de la ventana, luego mi instinto actuó. Mi brazo derecho se abalanzo sobre ella y la apretó contra mi, mientras mi cuerpo se lanzaba hacia el suelo, forzando al de ella a lo mismo. A medio camino de mi proeza sentí el estrepito de los vidrios estallar por sobre mí. Recordé los vasos sobre nosotros y cubrí su cabeza y la mía con lo que alcance a tomar de mi abrigo. Ella cayó bajo mí, sus brazos se apretaban contra su pecho y su rostro. Yo sentía al tiempo la lluvia de cristales sobre mi espalda. Algunos grandes y a la suficiente velocidad como para doler, mas no lesionar mi cuerpo. Pronto dejaron de caer vidrios. Se oían uno que otro chocar a lo lejos. Luego, y por unos segundos, el silencio se volvió absoluto. Entonces sobrevino sobre mis oídos la primera sirena.
Me levante lo mejor que pude, intentando que los vidrios que sobre mi descansaban no cayeran cerca de aquella mujer. Una vez enhiesto mire la oscuridad a mí alrededor. Escasamente distinguía figuras que, como yo, comenzaban a incorporarse del suelo. Mire hacia lo que antes fueran las ventanas y solo vi la negrura de una noche que comenzaba a morir en los primero ribetes de la madrugada. Sentí entonces, bajo mí, moverse a la dama con que antes conversase. Me incline en un intento de ayudarla a incorporarse. Mis oídos captaban el leve murmurar de aquellos que antes se divertían dentro de este lugar. Cuando ella se puso de pie, hizo la pregunta más lógica y a lugar que todos dentro se hacían, pero que nadie se atrevía a decir en voz alta.
– ¿Qué paso? – Sentí la responsabilidad de responderle inmediatamente, pero no me decidí si a decirle lo obvio, o a sencillamente responderle la verdad, que no sabía nada sobre lo acontecido. Alguien tomo la determinación de responder lo primero en voz alta:
– Al parecer algo exploto allá afuera– Y fue cuando la naturaleza humana volvió a su normalidad
– Eso ya lo sé, saco e´ huea, lo que no se es que exploto, donde exploto, y, lo más importante, porque exploto– Respondió alguien por ahí
– ¿Qué tal si salimos y lo averiguamos? – Dijo una voz joven y femenina
– ¿Y si algo vuelve a explotar? – Respondió una voz casi de la misma línea que la anterior, y que venía de un lugar cercano a esta – ¿Y si es una guerra, o un ataque terrorista, o…? – Sentí la histeria en su voz, y la mía propia nacer desde dentro, y los brazos que del a mujer de verde se aferraban a mi pecho. Entonces actué.
– Pero no sabremos nada si no salimos. Además, fuera todo está en silencio. Sonó la alarma de bomberos, lo que significa que todo sigue igual afuera. – Ahora que lo pensaba, la alarma había sonado también un rato antes que su amigo comenzara el chiste del ciego y el tuerto – Pronto sentiremos balizas y ambulancias. Además, solo estallaron los vidrios, quizás por la onda expansiva, por lo que estamos a salvo a esta distancia de cualquier “ataque” que vuelva a ocurrir –
– ¿Cómo estás tan seguro? – Esa voz era familiar. Pero no me alegre, sonaba un poco desmejorada y algo golpeada. – Quizás ahí un golpe militar fuera, o a comenzado el Ragnarok – Dijo un poco aireado – Aun así, yo prefiero salir de este lugar he ir a ver qué sucedió que quedarme aquí a pensar en que pudo haber sucedido – Y a la par con esto comenzó a sentir el crujir de los vidrios cerca de la fuente de su voz. Yo seguí el sonido de sus pasos, con una mano en frente de mí, tanteando el vacio, y con la otra afirmando a la señorita de verde. Ella temblaba.
– Tranquila – Le dije en voz baja y acercándome a su cuerpo – Vamos a estar bien, te lo prometo – Espere cualquier cosa, menos su respuesta:
– ¿Cómo te llamas? – Mire hacia tras, buscando su mirada, para que viera mi mirada de sorpresa. Seguíamos caminando en dirección a la claridad que se colaba cerca de las ventanas contiguas a la salida principal del recinto.
– Carlos –
– Yo Nicole, mucho gusto – Dejo escapar una risa nerviosa, a la que me sume.
–El placer es mío– Sentí como la puerta se habría frente a nosotros y distinguí la silueta de mi amigo. Vi como salía este a la calle, al tiempo que a lo lejos se sentían las balizas… Su ulular parecía dirigirse a nosotros.
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